La naturalidad de pincharse en público

Estoy en varios foros de personas con diabetes, páginas donde cada uno puede preguntar y comentar lo que quiera, y normalmente la gente va respondiendo y dando consejos libremente. Últimamente me llama mucho la atención un aspecto que parece muy integrado en cada una de las personas con diabetes, una propiedad que parece que viene con el diagnóstico de todas ellas, y cuya opinión me genera muchas dudas.

¿Necesita el mundo vernos pincharnos en cualquier momento y lugar, como quien se enciende un cigarrillo?

Yo creo que no. Y no porque no hacerlo signifique que he sucumbido a la masa que me empuja a esconderme, no porque no quiera hacer pedagogía con mi enfermedad, no porque sea menos natural o menos digna por ocultarme. Yo lo que creo es que para poder explicarme con naturalidad con los demás necesito estar naturalmente cómoda, pero conmigo misma, lo primero. Parece que nos hemos ido al otro extremo, desde una dignidad muy bien llevada; la de esto forma parte de mí, y hago parte de mí a quien yo elijo, a todo el mundo debe saber que me pincho y cómo lo hago, así aprenderán algo nuevo, y, de paso, se cuidarán más.

Me parece una profunda falta de respeto. Primero hacia uno mismo, porque dejo de ser yo la que decido si quiero que me vean en un momento poco agradable (admitámoslo, el acto es sí de pincharse puede ser doloroso e incómodo, aunque con la costumbre la gran mayoría de las veces no lo sea). Además perfectamente puede ser que haya personas a mi alrededor a las que no les interese en absoluto mi enfermedad ni mis rutinas, sin acritud, pero que no necesiten esa información. Porque son aprensivas a la sangre o a las agujas, porque tienen otras enfermedades, o simplemente, porque están ocupadas en otro tema en ese momento, hay mil opciones, y todas son respetables.

Exponer la enfermedad, como herramienta para otorgarle mayor dignidad, es una táctica errónea que olvida al paciente para colocar el síntoma por delante de él. No hay mayor dignidad que la de poder elegir.

Por eso no comprendo los consejos tipo “no hay que ocultarse para medirse delante de nadie”, “pínchate con toda naturalidad que los niños entienden mejor que los adultos”, “enseña desde el principio que te pinchas para que todo el mundo lo vea con normalidad”. Son mensajes reales. Que pueden hacer mucho daño. Seamos realistas, por favor, bastantes imposiciones hay ya en nuestras vidas como para que además otra de ellas sea esta. Los niños pueden no entender, hay cosas que entienden mejor, y otras peor. Cada es niño es diferente y está aprendiendo del mundo a su propio ritmo. La enfermedad y el dolor son aspectos a trabajar con ellos desde la conciencia y la paciencia. Enseñarles que el dolor se pasa si se hace evidente a los demás es equivocarse en un punto fundamental: el dolor es de cada uno, y cada uno aprenderá cómo manejarlo y con quién compartirlo. No le enseñaríamos a un niño a que siempre se guarde la alegría para sí porque esa es la manera de disfrutarla y vivirla, ¿verdad? El mensaje que nos gustaría trasmitirles sería más bien conócete, identifica y disfruta de tu alegría, déjala fluir cuando la necesites de la manera que aparezca, y compártela con quien creas que sea digno de disfrutarla contigo.

Quiero dejar constancia, por si el hecho de escribir un blog público sobre mi enfermedad no es suficiente prueba, de que no tengo problema alguno en  hablar de mí. De toda yo. Enfermedad y salud incluidas. Llevo bomba y sensor, así que es evidente a los ojos de los demás que soy especial. Al menos, tengo dos objetos distintos pegados al cuerpo, que llaman la atención, y en el 99,9% de los casos, generan una curiosidad muy sana y muy didáctica, que estoy encantada de estimular en cualquier momento y lugar. Me he encontrado con personas de todo tipo a mi alrededor, tengo la fortuna de trabajar en equipo y también hacia las personas, así que he visto sensibilidades de todo rango, y a todas me he podido adaptar para explicar lo que quería explicar según las circunstancias.

Me he pinchado sentada en una terraza, en medio de una discoteca, en un festival mientras bailaba, en medio de un examen o en una excursión con niños. Y me he ido al baño, me he dado la vuelta o me he adelantado de algunas personas para que no me vieran. Todas esas situaciones las he elegido yo, han respondido a mi necesidad de cada situación, y por eso todas ellas han estado bien. Si alguien me hubiera dicho “mejor ve al servicio a pincharte”, o “mejor pínchate aquí”, os garantizo que se habría llevado mi más querido “mejor pínchate tú dónde quieras, a ver qué tal.”

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